lunes, 16 de enero de 2012

  Las montañas caminan

 
En tiempos muy antiguos, las montañas salieron al mar. De una en una, claro. Primero asomó la cabeza del Monte Blanco; después la del Monte Rosa; luego, la punta del sombrero del Cervino. Frente a ellas sólo había una vasta llanura desierta, y las montañas alargaban el cuello para ver qué había a lo lejos. No había absolutamente nada.
Entonces se pusieron en camino lentamente. No podían correr, con tantos neveros, glaciares, barrancos y rocas como llevaban consigo.
¿Hablaban entre ellas durante aquella grandiosa marcha? Quizás sí, pero naturalmente con el lenguaje de las montañas, que son los truenos, los temporales, los vientos y los desprendimientos de piedras.
- Quizás habríamos hecho mejor quedándonos al calorcillo en el fondo del Mediterráneo –renegaba el Monte Blanco-. Ya se me ha cubierto la fretne de nieve y siento que la espalda se me está helando. Mirad a ver qué tengo en ella.
- Ja, ja – reía el Cervino. La forma de reír de las montañas es más bien pavorosa. El Cervino, por ejemplo, ríe con pedrisco-. Antes tenías una espalda preciosa y lisa, me acuerdo muy bien. Ahora es encorvada y rugosa como la de un viejo de un millón de años.
- No te pases con lo de los años. Sólo debo de tener unos quinientos mil –contestó el Monte Blanco.
-¡No os peleéis ahora! –soplaba el viento del Monte Rosa-. Ya no podíamos seguir en el mar, lo sabéis muy bien.
- He oído decir que África se está acercando a Europa. Quizá sea eso lo que nos empujaba con tanta fuerza. Al principio yo lo resistía muy bien pero, al final, el empujón fue tan fuerte que tuve que desplazarme. Supongo que fue lo mismo que os pasó a vosotros.
Efectivamente así había sido. Por eso las montañas se dirigían, pesadas y lentas como enormes barcazas, hacia el Norte.
- Aún tengo los pies en el agua, si no me equivoco- refunfuñaba el Monte Blanco, de vez en cuando.
- Yo no – reía el Cervino-, estoy fuera del todo.
- Era alto y delgado, astuto y maligno. Cogía las nubes al vuelo y las utilizaba para vendarse la cabeza, como los niños que juegan a los indios.
- Veamos quién sube más alto- propuso Cervino.
Las otras aceptaron el desafío. Las tres eran buenas escaladoras y en poco rato alcanzaron hasta cinco mil metros. Se detuvieron arriba porque al fina habían encontrado el aire mejor, un aire sutil y ligero que mantenía despiertos y despejados sus cerebros. ¿De qué creéis que está hecho el cerebro de las montañas? ¿De hierro?, ¿de cobre?, ¿de oro?, ¿de plata?
Más tarde, con el tiempo, el hielo, la nieve y el agua excavaron sus poderosas grupas, dibujando valles profundos en sus costados y esculpieron cimas como si fueran estatuas. Luego, las grandes montañas fueron un poco más bajas, pero ya no tenían ganas de caminar. Se encontraban viejas y cansadas después de tantos millones de años.
Por eso permanecen tranquilas y quietas, y apenas abren un ojo cuando la tormenta se enfurece. El Cervino murmura:
-¿Quién me está haciendo cosquillas?
Después, vuelve a cerrar el ojo y se duerme. Se ha encogido más que sus dos compañeras. La más alta de todas es el Monte Blanco.

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